"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



20 de junio de 2017

Pensamientos cruzados del anciano y la joven


(Nobusyoshi Araki)


¿Por qué me ha dicho Ito Kabane que ella estaría allí, al final? Nunca hay nadie al final. Nunca hay un amor en ese instante en que la pulsión de la muerte sabe ganada la partida. Si se mira desde el ángulo de la vida -¿hay acaso otro?- se puede decir que la muerte pierde siempre. La victoria de la muerte no es tal, ya no tiene suelo desde el que acecharnos después de imponérsenos. Desaparecido el cuerpo, extinguida la existencia, borradas las sensaciones y la memoria, la muerte queda incapacitada. Busca un nuevo ámbito donde cebarse. No hay territorios de la muerte, en contra de lo que parece. Hay accidentalidad, decisión humana y sucesos naturales que extinguen las posibilidades de vida. La muerte no es siquiera un ente. Ella tiene valor mientras tantea y acosa a los hombres, mientras intenta disputar la salud, la pasión, la creatividad. Muerte es una negación que tropieza una y mil veces con el empeño humano por seguir sobreviviendo. Muerte es envidia mientras cerca a cada individuo para impedir que le llegue desde fuera el oxígeno del placer o el alivio de la compañía. Muerte es el vano intento por privar a los hombres de su afán de aventura, de su don del asombro, de su propiedad de superación. La muerte juega con las dificultades humanas  por entenderse unos y otros. Así cuando las sociedades o las tribus van a una guerra, producto de intereses mezquinos y de engaños colectivos que desdeñan la comprensión que salva, la muerte se frota las manos. Su espacio es siempre ajeno. Su mérito es nulo, solo se sabe como producto de la desgracia de los otros. ¿Crea algo la muerte? Se apunta el tanto de la nada, pero ésta ya existía antes de nacer cada ser vivo. También la nada es extraña a la muerte, que no puede apropiarse de ella. ¿Estará Ito Kabane al final de mis días? Sé que moriré solo, que me deleitaré en la quimera del recuerdo, que daré por bueno lo experimentado. De algún modo ella será presencia, pero no estará presente. No debe estar cerca, ni tocar mi aplanamiento, ni apiadarse de una agonía que solo es mía. Me bastará con que ella haya conjurado los vacíos de mi ancianidad.


Tatsuaki sabe que no estaré allí. Él puede llevarme hasta el borde con su pensamiento, eso supondrá consuelo y a la vez agradecimiento. ¿Será capaz en ese instante de hacerme llegar con el deseo? He visto estos días como al desearme habitaba en su interior la nueva vida. Amor y muerte se repelen, y su juego de alternancias es cruel, aunque a través de él ambos se reconozcan. Ambos tienen su tiempo de victoria y también de derrota. A veces pienso: si nos hubiéramos conocido antes...él con menos años, yo con alguno más cercano a su edad, posibilitando una convergencia. Pero qué digo. ¿Tendríamos por ello una mayor garantía de haber disfrutado del amor? ¿No es precisamente esta aventura insólita, que muchos amigos no aprueban, la que me ha enriquecido? A él con la recuperación de las sensaciones más allá de la inercia del tiempo y de la sentencia de la biología, se le han ensanchado los límites. A mí me ha aportado nuevos descubrimientos sobre el hombre y sobre mí misma. Tatsuaki ha retenido la ternura que se había convertido en humo. Yo he recuperado el significado de que soy imprescindible para quien es sincero. ¿Para qué otra vida al uso ordinario si la que hemos vivido a nuestro aire ha sido intensa? Además, ¿acaso la vida en común no limita e incluso cercena el desarrollo de las exploraciones que anhela el ser humano? ¿No espera a los esposos el aburrimiento y la abulia que fagocitan las ilusiones y, lo que es más grave, las capacidades aún latentes? Tatsuaki me ha amado y me ha fortalecido. Yo le he amado a él y ha prolongado su deseo de vivir. Todo ha sido auténtico, no presto atención a las críticas ni a las miradas. No hay nada más bello que las segundas oportunidades. En un joven parece que estuvieran más aseguradas. Pero Tatsuaki, agotada su vida profesional, cansado de proyectar su mirada hacia los mismos objetos, desprovisto de las relaciones que la edad anterior aún preserva, ¿qué posibilidades tenía de amar la existencia? La supervivencia a la edad provecta requiere otros alicientes, aunque lo ordinario es que se carezca de estímulos. El fotógrafo Tatsuaki estaba viviendo de los recuerdos. Llegué justo cuando iba a perecer en su descreimiento. Las segundas oportunidades las percibía ya como un ejercicio de memoria. Si no se retiene con el cepo de la memoria aquello que una persona ha vivido más vale que se vaya haciendo a la idea de la pérdida total. ¿He salvado temporalmente a mi entrañable fotógrafo? ¿Ha interrumpido mi activa presencia el ciclo vital e inexorable del anciano?

Hoy he recibido por correo un tanka suyo, enviado desde su barrio de Shinjuku. Se ha apoderado de mí la congoja. ¿Será que yo tampoco puedo prescindir de él?

Tanta sequedad
de las horas ausentes
pide tu lluvia.
No quiero extinguirme.
No sé renunciar a ti.



11 de junio de 2017

La punzante curiosidad de Ito Kabane


(Ishiuchi Miyako)


¿Cuántas preguntas quedan sin respuesta a lo largo de los años? El viejo fotógrafo interrumpió su silencio. Pensaba en voz alta. ¿Por qué cada amante quiere saber más del otro, más de lo que ya se ofrecen mutuamente? Debe haber margen para la imaginación después de amar. Capacidad de trasladar el bagaje del goce a los tiempos de la soledad. El recuerdo del placer vivido permanece en nuestro cerebro y no solo en los instantes o los días posteriores, sino incluso a lo largo de años. ¿Esa es tu experiencia?, dijo Ito Kabane. Me interesa saberlo. Lo es, pero a mis años todo entra ya en una neblina en que recuerdas con más intensidad las sensaciones que los momentos y circunstancias en que sentí satisfacción. ¿Quieres decir que has olvidado a otras mujeres?, insistió la chica. No, por supuesto, pero no tengo certeza sobre los detalles de muchos encuentros. Hay casos en que podría describirte un lugar y una persona y cómo sentí con ella, y otros en que no. ¿Como si tu cerebro amoroso fuera selectivo y se quedara con unas mujeres e ignorase a otras?, siguió con su vuelta de tuerca la modelo. Tal vez. Piensa, dijo el anciano, que tampoco con todas las personas llegamos a intimar de la misma manera. Como uno no se compenetra con cualquier clase de paisaje o de trabajo. Ni siquiera cuando nos volcamos en hacer eso que llamamos arte sabemos qué parte de nuestras propias creaciones hablan con más autenticidad de nosotros. A veces sucede que es cuestión de tiempo. Si la relación con una mujer no funciona piensas que uno no está preparado para acceder a su dimensión compleja. O que ella no se sitúa en el mismo plano de exigencia que tú. No me hagas mucho caso, son pensamientos antiguos que normalmente no salen a superficie. Los intercambios de afecto parecen sencillos pero no lo son. Acceder a un estado sensorial con los cuerpos no es difícil, pero quien más o quien menos sabrá si después le queda algo más. Una atracción que no se explique meramente a través de un rato de sexualidad compartida. Pero incluso lo fugaz y pasajero alivia, no voy a mentirte. No tengo posiciones extremas al respecto y mucho menos desprecio cualquier actitud que elegida libremente por dos personas les ponga en contacto para satisfacerse mutuamente. Creo que todos somos capaces de todo, si bien lo que en muchas ocasiones limita es que hay una discordancia entre los tiempos personales de dos personas. Qué se le va a hacer, Ito, el azar de un encuentro siempre tiene dos caras, como te he dicho otras veces, y amar es echar los dados. Ito Kabane permanecía sin palabras, tratando de retener aquel diluvio de opiniones que le desbordaba, pero quería saber. Este hombre ha debido permanecer callado y ausente de este mundo durante mucho tiempo, pensó. ¿Sueles recrear imágenes de viejos encuentros para satisfacer tu deseo?, se atrevió a preguntar. Naturalmente, pero creo que mezclo mis propias fotografías mentales, dijo con sorna, con aquellas otras que apenas rozaron mis dedos sobre un clisé. Además mi rendimiento personal ha decaído a la hora de una cierta condescendencia física con la imaginación. ¿Te has obsesionado alguna vez con una mujer a la que nunca hayas accedido?, saltó Ito mientras acariciaba las sienes canas del hombre. El anciano sintió que la joven le estaba escudriñando su pasado. O que adivinaba, como las echadoras de cartas, una situación posible basándose en la observación del otro que va dejando pistas. Casi estuvo a punto de preguntar: ¿cómo sabes tú eso? Pero ella no podía saberlo, simplemente la curiosidad o la necesidad de comparar experiencias vividas o un control celoso sobre el hombre le incitaba a indagar. Sin que su rostro se alterase, dejándose mirar fijamente por la joven, Tatsuaki dudó si responder. Nunca me perdonaré no haber llegado hasta aquella mujer, hace ya muchos años, dijo al fin. Estuve tan cerca... Ito Kabane sujetó la mano del anciano. Le embargó tal ternura que sólo acertó a responder compasiva pero también eufórica: aquí estoy yo para compensar tu inaprensible fantasma. De mí nunca podrás decir que no me alcanzaste. A mí no podrás olvidarme, ratificó con energía.Ni siquiera cuando te estés muriendo, insistió divertida, y el viejo le devolvió una sonrisa amarga. No estaría mal saber que cuando muera lo haría recreando tu abrazo, dijo Tatsuaki sorteando con dificultad las palabras. Tal vez fuera el conjuro necesario que suavizase mi estertor. ¿O mi pena sería mayor al darme cuenta que iba a perderte? Ito Kabane no dejó que se abandonara a la melancolía. También yo te perdería a ti, afirmó. Para evitarlo me extraviaría en ese instante contigo. Tatsuaki sintió lástima de la mujer. Pensó que un anciano no debe arrastrar jamás a una joven al precipicio. No debes hablar así, le dijo. Pero a la vez las palabras de la chica activaron su resistencia. No quiero morir nunca, susurró rabioso a su oído. Se entregó a ella de nuevo, aplacando inquietudes, marginando recuerdos. Obviando que sus fuerzas limitadas, que ella alimentaba con renovada y apacible tenacidad, podrían suponer el seppuku de su maltrecha virilidad. 



25 de mayo de 2017

Revelaciones del viejo fotógrafo


(Eikoh Hosoe)


La diferencia entre la largura de los dedos de Ito y los de Tatsuaki es mínima. También se asemejan en la delgadez. Puestos en paralelo no se distingue en ellos tamaño ni peso. No así su conservación, tersos y rectilíneos los de la chica, arrugados y ligeramente corvos los del anciano. Pero cuando se tocan no hay división en las sensaciones. O bien si en la primera percepción les choca un poco su roce tienden a compensar la diferente textura. Por distintos motivos el hombre y la mujer agradecen el tacto enfrentado y obtienen el punto placentero que cada uno desea percibir del otro. Shintaro Tatsuaki retiene en su cuerpo a través de las yemas de la chica el lenguaje iniciático de los sentidos, que creía olvidado. En Ito Kabane la dulce herida del placer tiene lugar cuando él deja caer lentamente sus manos ásperas sobre cualquier espacio de su piel. Una experiencia que la estremece pero a la que se entrega sin dudar. Siempre quise amar un cuerpo rijoso y abrupto como el tuyo, dice la joven abiertamente. Y yo no dejar de gozar un cuerpo volátil y lúbrico como el que me ofreces, dice el viejo en un juego de contrapartidas que les aboca a ir más allá.

Tiempo de revelaciones mientras brindan con sake. Ella, cruzando las piernas sobre el tatami, ágil, esbelta, se deja servir. Nunca tan acogida como estando contigo, le dice al viejo. Nunca tan libre para explorar las distancias que el tiempo sitúa a los cuerpos, dice. No hay más sentido del brindis que el instante, dice el fotógrafo, arrodillado frente a la joven. Como el clic certero de una cámara, cuya extensión reside en la calidad de la toma, en que ese clic firme haya respondido al ojo que uno pone en el paisaje o en un rostro. Y dura para siempre. Yo ahora brindo para que estas horas duren incluso cuando las horas no existan, apostilla Tatsuaki. Pueden durar más que el instante, responde la mujer, porque nuestra pulsación ha sido certera. Tu sueño, Tatsuaki, recogía imágenes antiguas y probablemente mucho más sabias que las que yo puedo tener. Estoy segura de que tus sueños de esta noche se nutrían de tu propio oficio, de las hermosas fotografías que nuestros abuelos realizaban y a veces coloreaban. O de la literatura de la que te habrás empapado, algo en la que yo soy una neófita. Todo aquello andará perdido en tu subconsciente. Yo soy la actualidad tangible pero tus sueños aún no me reconocen porque todavía me posees y estoy cerca. Tatsuaki se conmovió al escucharla. Es tan segura cada afirmación de la chica, pensó. Sí, dijo con voz melancólica, los sueños vienen para compensar las carencias y para sustituir las pérdidas. Se sintió atrapado en el diálogo. Ito, lo que haya leído o visto o simplemente escuchado de viva voz, sumado a los vaivenes que nuestra sociedad ha sufrido en el siglo pasado, y aunque no todo lo hayas vivido en persona, juega malas pasadas. Quieres entender el mundo por medio de todo ello, pero los sueños no interpretan el mundo, lo transforman. Lo normal es que, como otras veces me ha pasado, uno sueñe con obreras o conductoras de tranvías o estudiantes o incluso con las enfermeras de aquella guerra que nos tocó casi al final a los de mi generación. Me cansé de fotografiar todo tipo de personajes de la vida ordinaria, pero la vida natural, la excepción que se ha apoderado de mí desde que te conozco ha buscado otros interlocutores oníricos. No me reprendas por ello. Soñar no es un acto voluntario. Llevarte a los sueños, aunque estés aquí, es una consagración.

Volvieron a alzar la taza y a rozar sus dedos mientras ejecutaban el ritual. Entonces, la joven preguntó. Me gustaría saber cómo amaba en tu sueño cada una de las mujeres que dices que tenían mi rostro. ¿Era la geisha la más sabia y aplicada? ¿O acaso la noble señora, alejada del guerrero, multiplicando sus fantasías de manera exquisita? ¿Pudo ser la joven campesina, que aparentaba recato y sumisión, la que más te complacía con su inocencia, tras la que ocultaba un larvado deseo? Al anciano fotógrafo le brillaron los ojos. Este es el instante que siempre recordaremos, dijo. Sí, respondió la modelo, el clic que nos hará permanecer. Pero no me has respondido, añadió.





15 de mayo de 2017

Presencias reales


(Nobuyoshi Araki)


El anciano fotógrafo despierta del breve letargo al que le ha conducido su fatiga y dice a la joven: creo que he tenido un sueño en que recorría tu cuerpo palmo a palmo y no atisbaba rastro alguno de tatuajes. ¿Y qué más aparecía en tu sueño?, pregunta Ito Kabane. Aparecías tú en distintos tiempos, vistiendo con prendas que unas veces eran antiguas y otras actuales, maquillada o a piel limpia. Tan pronto sugerente como reacia a mis solicitudes. Tus comportamientos parecían semejantes pero no lo eran, responde el viejo. Ella insiste. ¿No se trataría acaso de otras mujeres? Tatsuaki habla despacio, como si se esforzara por no dejar escapar el sueño. No, dice. Eras tú, sólo tú. Pero habitabas personalidades contradictorias. Cada una de ellas intentaba llevarme para sí desprendiéndose de las otras. Te mostrabas como la noble esposa de un sogún, que traicionaba a su marido enviado por el emperador a una guerra lejana. En otra ocasión eras una geisha sensible y delicada, educada en la corte antigua de Edo, que rompía la disciplina y la educación de una geisha para encontrarse a escondidas conmigo. Y cuando estaba a punto de disfrutar de su entregada habilidad desaparecía la mujer de compañía y tu rostro, sin haberse ajado lo más mínimo, se ofrecía como una aldeana juguetona y sonriente que abandonaba sus tareas campestres y me conducía a la orilla de un arroyo. Lo misterioso es que ninguna de aquellas mujeres, que eran la misma, llevaba tatuaje alguno en sus cuerpos. La joven se sintió halagada por el relato fantasioso del viejo. Luego le objetó. Pero son personajes que en la vida real debieron tener caras y actitudes muy distintas debido a sus roles, que vestirían con prendas que no se parecerían en absoluto, y seguramente sus modales no tendrían nada que ver entre sí. Seguro que ninguna de ellas era yo, volvió a la carga. Creo, más bien, que antiguas amantes han aparecido en tus sueños, sin duda llegadas para disputar por celos mi presencia, dijo con abierta picardía. Tatsuaki rió. No me veo tan viejo como para haber vivido en tiempos de los sogunes o de las geishas, y mi infancia campesina queda ya muy lejana. No te equivoques. Aunque fuera mi sueño yo sé que se basaba en lo vivido esta noche aquí contigo. ¿Acaso has descubierto tantas personalidades dentro de mí?, sugirió la joven. ¿O has jugado a inventarlas y a recrearte en ellas? El fotógrafo, saliendo de su lasitud, respondió apartando de golpe la sábana que cubría a la mujer. ¿Ves cómo no tienes ningún tatuaje?, dijo mientras admiraba la desnudez insólita, irrepetible, de Ito. Como las mujeres del sueño.



4 de mayo de 2017

Prolongada desnudez



(Nobuyoshi Araki)



Volver a ser tu propio cuerpo, cansado y lacio, es triste, dijo Shintaro Tatsuaki con voz apagada. ¿Tanto has sentido el mío?, replicó audaz Ito Kabane, interpretando aquella brizna de angustia del hombre. Tatsuaki necesitaba mantener el calor de la ternura en la que habían estado envueltos. He sentido el tuyo y he recuperado el que una vez tuve, afirmó. Los humanos estamos condenados a la soledad y la mayor y más grave forma que adopta es el deterioro corporal, evidentemente, pero así mismo la incomunicación y la pérdida de ilusiones. Uno está solo de verdad cuando no puede responder con vigor natural a nada y a nadie, cuando va siendo más incrédulo y, sobre todo, cuando no se soporta a sí mismo. Algunos soslayan la degradación que poco a poco les mengua frecuentando relaciones sociales con reprimida desgana, intentando que ciertas actividades cotidianas de trabajo o de entretenimiento les hagan creer que aún están enteros. A nadie se nos oculta que cada vez perdemos más ritmo y que vamos echando por la borda proyectos que nos habían mantenido y que ahora se nos ofrecen con escaso si no insuficiente interés. El anciano hizo un alto mientras la joven le contemplaba absorta, pendiente de sus palabras, que ella consideraba una revelación, también sabiduría. Hay facetas de nuestra vida especialmente complicadas y críticas, siguió el fotógrafo. Es verdad que los hombres nos resistimos, incluso mantenemos contactos esporádicos, no importa de qué manera, con mujeres porque necesitamos demostrarnos lo que ya no somos. Estamos y no estamos con ellas, porque lo que realmente nos interesa es saber que en nosotros aún late algo. ¿Quieres decir que hay mucho de engaño a medida que avanza la edad?, le interrumpe la joven. Yo te he sentido auténtico, increíblemente vigoroso. Hasta espontáneamente tierno, como si no hubiera merma en tu generosidad de dar y en tu capacidad de recibir, insistió Ito con pregonada sinceridad. Al anciano le agradó aquel reconocimiento de una mujer a la que multiplicaba en edad. Pero necesitaba expansionarse. Siempre hay engaño a lo largo de la vida, unas veces malévolo, otras necesario y bienintencionado. Lo considero un ingrediente fundamental de uno mismo, a veces más estimulante que otros. La verdad aísla. Si hubiera siempre verdad en las cosas pereceríamos antes. Ito Kabane miró con perplejidad al anciano pero le premió con una sonrisa. No voy a dejar que te alejes, le dijo. Aunque yo viaje siempre estaré muy cerca, le confesó al hombre. Tatsuaki sujetó la cabeza de la chica, introdujo sus dedos entre los cabellos húmedos de sudor, habló a sus ojos y miró su boca. Le habló pausadamente, con voz melancólica. Nunca como ahora había tenido tanto miedo a la ausencia, Ito. Nunca me habían dado tanto pavor las palabras entusiastas ni tanto espanto las promesas que tal vez difícilmente se puedan cumplir como las que escucho de ti. Haz lo que debas y quieras hacer, le dijo, casi le exigió. No estaría bien que yo te pidiera que volvieras, si bien debo reconocer que durante este tiempo en que nos hemos amado me has hecho ser el que una vez fui. Y no he querido ser otro, ni para nadie más.

Duró el silencio entre la joven y el anciano. Se agotaron las palabras, pero fructificaron las miradas, se activaron los tactos, crecieron las ansiedades. Acercaron otra vez el calor de sus carnes. Aquella desnudez compartida les reclamó de nuevo. Como si ambos pensaran: no puede, no debe haber un después.





24 de abril de 2017

Los entregados


(Jacob Aue Sobol)


¿Cuántos nombres quiso pronunciar el anciano Tatsuaki en los oídos de la joven Kabane? Estaba allí, con ella, solo dado a ella, únicamente dejándose capturar por la mujer intensa de ese momento de su vida. Pero ¿por qué le atravesaban fugaces y dolorosas las imágenes de cuantas mujeres había amado? Y sin embargo, lo percibió como una especie de ensoñación, sin que descuidara su entrega y sin que la joven advirtiera que el pasado trataba de zaherirlo como una venganza pasional. ¿Con qué derecho aquellas sombras trataban de impedir que el hombre alcanzara goce como en los mejores tiempos de su cuerpo? En el juego entre ambos, las palabras de placer fluían calmas y precisas de la boca del viejo. Las elegía con su forma de metáfora o de alegoría o simplemente comparándolas con elementos que él consideraba sublimes en la naturaleza. Musitaba rozando su cuello como si se tratara de invocar un hechizo. Tal era su tacto o la presión de su cuerpo sobre ella, un deslizamiento casi volátil. Ella se conmovió en la manera novedosa de amar que tenía aquel hombre. No solo diferente respecto a cuantos hombres había amado antes, sino inductiva, generadora de nuevas emociones. Lo asió con mimo pero también con excitación y no hizo remilgos de aquel cuerpo huesudo y de movimientos sosegados. No apartó su cara del perfil que le acariciaba. No rehuyó su boca de los labios caídos pero cálidos que convertían las palabras en una succión tenue y prolongada. No evitó su aliento de hambre y de sed que le pareció tan auténtico como turbador. Ito Kabane se dio cuenta de pronto que el hombre la tenía aferrada, que no era ya ella quien agitaba la actividad del anciano, que éste crecía en la posesión de su cuerpo juvenil. El anciano no ocultaba que estaba recuperando la memoria sobre otro cuerpo. Una memoria que había considerado perdida para siempre. Y aquel olvido de las sensaciones que tantas veces le habían embargado parecía ser reparado por la joven Kabane, que le devolvía con creces la medida de una fuerza que le remitía a sus orígenes. Como cuando se descubre de pronto un paisaje inédito o uno se deja seducir por una escena callejera asombrosa. La mirada experimentada del fotógrafo aparecía ahí de nuevo bajo otro prisma. Ahora era todo su cuerpo el que buscaba y toda su sangre latente la que actuaba en otro cuerpo. Ito Kabane vibró con el abrazo convulso del hombre. Se cimbreó a lo largo del cuerpo de Tatsuaki, del que escuchó brotar una voz profunda que se acercaba al placer de ella. Él lo pronunció con nitidez, acompañándolo del vigor de su bocanada húmeda. Esposa única, la llamó. Entonces la joven comprendió el carácter de ceremonia al que se habían aplicado ambos. Huyendo de las horas, del pasado y sus fantasmas y, sobre todo, anclándose a un destino enigmático que carecía de planes pero que se había instalado con desconcertante conmoción entre los dos.    


  



14 de abril de 2017

Mutuos acogimientos


(Ishiuchi Miyako)


No estés inquieto, yo te acogeré, dijo ella. Han sido muchos años de desamor, comentó el viejo. Sólo los que no han amado nunca, o escasamente, ignoran la fuerza que para cada uno conlleva la decisión del desamor, le respondió la joven con audacia. Lo ves así porque eres joven, Ito, pero el desamor no es únicamente alejamiento de otra persona. No se decide, se instala de manera lenta y dañina. Lo peor es que te alejas de ti mismo. Que ya no te atreves  a probar de nuevo con cierta consistencia, que no sabes reconstruir tu mundo afectivo. Y te acostumbras a lo fácil, a la oportunidad que te surja. O al olvido. Pero eso te obliga a sacar fuerza de ti mismo y te pone en el camino de la superación, Tatsuaki, dijo ella con soberbia juvenil. Yo he vivido siempre de esa manera y aquí estoy, y sonó a confidencia. Más o menos a gusto, pero sobreviviendo, y sabiendo distinguir quién quiere aprovecharse de una o quién te necesita realmente, dure lo que dure el sentido de un encuentro. El amor es siempre circunstancial, y más cuando oficios como el mío no te dan estabilidad, remató Ito Kabane. Sus ojos se encontraron a través de miradas diferentes pero intensas. No estés inseguro, dijo al anciano atrayendo su cuerpo frío hacia el propio. La firmeza de ideas de la joven estremeció al hombre. Hablas como yo opinaba hace mucho, eres una alumna aventajada de la esperanza, pero mi tiempo es un tiempo extraviado. Sintió que el cuerpo flexible y encendido de la mujer se apoderaba del suyo, y quiso creer que lo había tenido siempre. Tantos años...musitó en un guiño quebradizo. Habré perdido el saber acumulado, tal vez las reacciones de los sentidos, sin duda que la energía. Pero no la ternura, estuvo a punto de soltar ella. No te acojo por compasión, ¿sabes?, ni por curiosidad, entiéndeme, ni por ponerme a prueba a mí misma, dejó caer espaciadamente la modelo en el oído del fotógrafo. No me lo creo, pensó para sí el hombre, pero no respondió. Prefirió la seguridad de la ilusión incierta. Notó que su cuerpo despertaba de un letargo largo, extendió las manos hacia la belleza oferente y se dejó querer.      




3 de abril de 2017

Devaneos de Ito Kabane


(Jacob Aue Sobol)


Me gusta la delicadeza de Tatsuaki. ¿Habrá sido siempre así o es cosa de la vejez, que vuelve más pusilánime a la gente? Me agrada exponerme sin inhibiciones a su mirada. No se trata de ser fría y no dejarme afectar, ya tengo muy superadas las observaciones recónditas, y a veces perversas, de los hombres. Tal vez sea el acicate por el hecho de que le pueda estar seduciendo. Aunque ¿qué problema puede haber en que a su edad se sienta atraído hacia una mujer a la que multiplica en años? Su mente es muy cuerda y eso me cautiva. Sus sentimientos son como una cosecha de intensas y profundas experiencias asimiladas que le han hecho más fuerte para defenderse y sobrevivir. Su actitud comprensiva ante cualquier situación o conducta de los hombres le vuelve hermoso. Sin embargo, le veo tan frágil en su soledad sentimental. ¿Es lo que nos espera a todos cuando lleguemos a ancianos? Le concedo el don de ofrecerle mi cuerpo y mis movimientos a cambio de que él ejecute lo que tal vez sean las últimas obras de un profesional al que ya no se tiene en cuenta. Él, que tanto ha aportado a reflejar las vidas de fuera y dentro de los individuos, permanece ahora prácticamente olvidado. Suficiente para que su alejamiento del mundo se acentúe. ¿Podría yo dejarlo a las puertas de proporcionarle un regalo mayor? Lo que ha aportado con su trabajo sería incompleto. Sé que posee una mirada magistral, y que lo demostrará a la hora de revelar las fotografías que me haga. No, no tengo actitud de caridad con él. Es otra cosa. Acaso un instinto de protección que reclama una correspondencia. ¿O disimulo una insaciable y furtiva tentación de vivir con él lo que no he sentido con otros? Si Tatsuaki me desea y sabe llegar con su cámara hasta cada rincón de mi cuerpo y a cada manifestación de mis poses más auténticas, ¿no se merece atravesar el aura de mi piel ante la cual su prudencia le hace detenerse? No me da temor su gesto huidizo, ni me produce desagrado alguno el tacto de sus manos, ni hay fricción incómoda en los roces ocasionales con su cuerpo, ni creo que su carne ajada y floja esté desprovista de calor. Además, ¿no es el verdadero fin del amor obtener calor? Esa soledad que le cohíbe para hablar de sus pasiones lejanas, ¿le habrá causado olvido para saber manifestarse en intimidad con una mujer? Sería una cínica si ocultara que la curiosidad me excita. ¿Cómo amará un viejo a una joven? ¿Será su falta de vigor una barrera? ¿Repelerán los olores de un cuerpo lacio? ¿Se extraviará en un llanto si no consigue poseer a la mujer? ¿Se deshará de mi como si fuera un novato sin acierto? Mis prejuicios inducen a que me haga preguntas sin cesar, como un intento sospechoso para que desista de entregarme a él.    

Señor Tatsuaki, saltó de pronto agitada la joven interrumpiendo sus pensamientos revoltosos. Haga de la fotografía sobre mi cuerpo el recto camino hacia el calor, que además es luz, pidió con evidente y sagaz discurso zen. Soy lo que usted quiera ver dentro de mí. Descúbreme pues, insistió descendiendo al tuteo. El hombre pareció ignorar a la chica. Pero en aquel tuteo reverdecieron dentro de él las edades perdidas del amor.




26 de marzo de 2017

Preparativos para el ritual


(Rikki Kasso)


¿Te sientes cómoda, Ito? La joven sonrió, agradecida por la pregunta del anciano. Pocas veces se han interesado los fotógrafos por mi estado cuando me he expuesto a sus cámaras, respondió. Ellos iban a la urgencia de disparar sobre mi cuerpo y luego elegir con arreglo a lo que las marcas comerciales pidieran. Lo nuestro no es comercial, dijo el viejo, y ella supo encajar el doble sentido. Quiso seguir explicándose. ¿Sabe por qué estoy tan relajada? Porque lo necesito. Necesito que una sesión fotográfica no sea una sesión, sino una ceremonia, como usted dijo una vez que le gustaría hacer. Cada fotógrafo para el que he posado era un mirón, bien encubierto o bien descarado. Demoraban el trabajo, me pedían que me quitara y me pusiera prendas, que alternara posturas extrañas, a veces incluso violentas, con la excusa de que no acertaban a reflejar la idea que el cliente reclamaba. Algunos no se limitaban a mirarme, me hacían sugerencias extralaborales, digamos. ¿No me pregunta si acepté, señor Tatsuaki? El hombre sonrió con naturalidad. ¿Por qué debería preguntarte? Jamás se me ocurriría interferir en la vida de otra persona, y menos en su pasado. ¿Y si le pido que me haga la pregunta, señor? Tatsuaki tragó saliva con disimulo. Este trípode está bastante endeble, dijo. ¿Y si a mí me apetece contárselo, aunque no me lo pida?, y la joven Ito parecía portarse como una adolescente caprichosa, evadiéndose de la mujer con autocontrol que Tatsuaki había considerado que era. Por supuesto, dijo el anciano imponiendo una tierna autoridad, siempre te escucharía. Te dejaría hablar de cuanto quisieras, te permitiría que me hicieras las preguntas más curiosas, si eso es lo que también pretendes con tu propuesta. Nuestra diferencia de edad no tiene por qué ser un abismo para comunicarnos, dijo al fin el fotógrafo temeroso de que la joven le estuviera buscando una vuelta impredecible. De pronto, la joven Kabane se centró en la escena. ¿Me prefiere saliendo de un kimono o de una yukata?, dijo. El anciano le miró con escepticismo. ¿Por qué tiene que ser de unos vestidos tradicionales tan rígidos?, preguntó con cierto tono de objeción. La joven saltó admirada de la duda. ¿Y usted me lo pregunta? ¿No va siquiera a sugerirme cómo debo vestir o desnudarme para que haga usted las mejores fotografías de su vida? El hombre se turbó, no sabiendo si por el ímpetu de la mujer o por la manera de obligarlo a valorarse como si aún estuviera en la mejor etapa de fotógrafo. Fue salomónico. Podemos probar con vestidos de ritual y con prendas cotidianas, no menos ritualizadas hoy día, le replicó Tatsuaki con mucho temple. Pues empecemos, dijo ella. Eso sí, no saque mi tatuaje hasta el final, según vayan saliendo las tomas. ¡Y míreme con más interés!, exclamó enérgica la modelo. Como un hombre debe mirar a una mujer apetecible, insistió no sin soberbia. El anciano percibió un temblor. No se sentía reñido, sino provocado por una latente pasión que empezaba a martirizarlo. Ito, esto tiene que ser una ceremonia, dijo firme y pausadamente.  


18 de marzo de 2017

Irezumi, una piel sobre la piel




Dicen que los cuerpos tatuados son las expresiones artísticas más antiguas, comenta Tatsuaki mientras observa el pequeño dibujo recóndito sobre la piel de la joven. ¿Antes que los humanos hablaran o que pintaran en abrigos de roca?, pregunta Ito. Sí, mucho antes, y el anciano sonríe. Eso me hace pensar en que el cuerpo ya fue el primer campo de experimentación natural, y no solo para hacer incisiones en él. Ito le mira con audacia. El cuerpo humano ¿lo es todo, maestro? El fotógrafo percibe con ironía esta expresión. Maestro le denomina, cuando aún no le ha enseñado nada. ¿Se trata de un reconocimiento o de una llamada? Lo es todo, en efecto, pero entiéndeme. Es todo porque cuanto existe fuera de nosotros, naturaleza, urbes y edificaciones, humanos, vínculos, edades, y toda la vorágine de creaciones artísticas solo adquieren valor en función de nuestra mirada. No solo de una tendencia colectiva, que siempre es abstracta, sino de cómo cada cual percibimos o, mejor dicho, recibimos, para satisfacción o rechazo, en nuestro cuerpo. Si cualquier cosa de fuera nos complace o asombra la incorporamos en alguna medida a nosotros. Si no nos hace sentir la repudiamos. Pero incluso el rechazo es un aviso más que tenemos en cuenta para futuras experiencias. Nos permite aprender. Ito desbroza lentamente con su mirada asombrada la mirada encendida del anciano. ¿Quiere decir que cuanto existe en el planeta o más en concreto cerca de nosotros, por muy real que sea, por mucho que afecte a millones de personas, solo puede justificarse mientras lo hacemos nuestro? Más o menos, ironiza el viejo, obviando a propósito que a la mayor parte de las leyes naturales le interesan escasamente las vidas humanas y sus efectos. Entonces, ¿sucede lo mismo con mi tatuaje?, pregunta la joven descubriendo más su dibujo. Está aquí, usted lo ve y soy yo quien lo llevo, por lo tanto solo puede ser mío. Tiene significado solo para mí y sin embargo si alguien me lo ve se está apoderando con la vista de él, lo quiere hacer suyo, ¿no? Así es, responde Tatsuaki, con la diferencia de que nada del tatuaje se desprende de tu piel, Ito, y el hombre o la mujer que lo mire, al intentar retenerlo para su recuerdo, se perturbará, saldrá de sí, y no podrá ya ser el mismo. La joven ha escuchado el extraño y sereno razonamiento del anciano. Palidece. ¿Tan inquietante es el significado de un tatuaje?, pregunta. Lo es. Aunque no tanto como el cuerpo que lo preserva.




11 de marzo de 2017

Las dudas del viejo adolescente


(Tatsuo Suzuki)


El viejo Tatsuaki no envió la carta imaginada a su joven amiga. Tampoco la rompió. Se daba cuenta de que cada ilusión llevaba consigo el contrapeso de un temor. Que dar un paso manifestando sentimientos era también exhibir debilidades. Que al revelar que había caído en una seducción, probablemente no tramada deliberadamente por la mujer, iba a exigirse esfuerzos que no sabía si podría realizar. Pero sobre todo era el miedo adolescente a ser rechazado lo que le sujetaba. Y él, se lo repetía una y otra vez, era extremadamente pudoroso. ¿Cómo podía latir aún dentro de sí, tras una vida azarosa, preñada de dificultades, maltratada por los desaciertos, una brizna de pasión? ¿Cómo podía abrirse paso entre su cuerpo achacoso y decrépito aquel entusiasmo que amenazaba con devenir en delirio? La represión a la que se estaba sometiendo le alteraba. Si lo que decía en una carta no nacida del todo era cierto, ¿por qué no arriesgarse? Mientras se debatía entre pros y contras consideró que entregándose solamente al mundo de la escueta razón jamás nadie probaría de la belleza y, por qué no, de la locura de los sentidos. Había separado tantas veces el ejercicio físico que perseguía placer de un sentimiento más profundo que le hubiera llevado a entrar en otra persona...Pero tampoco era tan rotundo ni tan diferente, se decía. ¿Cómo podían asegurar algunas personas a la ligera que un hombre y una mujer pueden entrar en contacto de cuerpos y desproveerse de sentimientos?  A cada mujer que he tocado, siquiera unas horas, la he reconocido amorosamente. Con cada mujer con la que desbrozado mi soledad, no importa la manera de haber llegado a ella, ha habido al menos un instante en que no he podido separar placer y contemplación de la belleza. Porque el placer no es solo sensación aguda, ni únicamente un deleite etéreo, sino llave para abrir tu propia puerta al mundo de lo inalcanzable. Nunca he sabido bien si realmente amamos o si nos imaginamos el amor. Puede que no sea otra cosa, por mucho que se sublime. Y si amar es imaginar, si es llegar a la percepción fantasiosa de que dos que vibran al unísono se reconocen, si es que uno permite al otro deslizarse en su propia búsqueda atenta, aunque no sienta del mismo modo, ¿qué importa la duración de la experiencia? ¿Qué valor superior puede tener una circunstancia sobre otra, bien se produzca un encuentro espontáneo o sea el resultado de un vínculo más estable? He amado a mujeres a las que pagué por unas horas o a las que conocí en un viaje. Por no mencionar la necesidad de acogernos que teníamos cuando el desastre de la guerra. ¿Puede definirse por la duración de un tiempo la intensidad de la pasión manifestada? ¿No puede haber más posesión y hasta más hondura allá donde la brevedad se impone por los motivos más indeseados o bien inesperados? ¿Desmerece acaso en sinceridad una cita sentida con una mujer a la que tal vez no volverás nunca a ver? Amar no ha debido ser para mí sino una constante y confusa persecución de mí mismo, aunque a lo largo de la vida haya necesitado, de manera prolongada o intermitente, a la mujer. Shintaro Tatsuaki se interrogaba con la baraja de las posibilidades, donde leía el juego inexplicable que siempre había practicado, para justificar su misma indecisión.

El viejo fotógrafo estaba entretenido cuidando sus plantas en la pequeña parcela ajardinada detrás de la casa, cuando Yuriko Hikoma, la vecina más cotilla, pero para él la más entrañable, entró con precipitación a anunciárselo. Señor Tatsuaki, su joven discípula viene hacia aquí. Se ha bajado del autobús  que procede de Sasakuza.






23 de febrero de 2017

Una carta inconclusa desde Shinjuku


(Tatsuo Suzuki)


No debería decirte esto. No debería decirte nada. Tendría tan solo que seguir el curso tímido y en parte extraño que a mi edad se me depara. Hablar de todo con prudencia, incluso de mi pasado, eso sí. Escucharte con alegría mesurada. Pero no revelarte los sentimientos que remueves dentro de mí. Podría traducirlos mal y querer lo que acaso no debo querer. Aunque ¿cómo puedo afirmar que no lo necesite? Y si lo precisara ¿sería saludable o me perjudicaría y entonces debería reprimir lo que bulle aquí dentro? Ito, si escuchases mis sueños, porque ellos tienen voz y cuentan y juegan a ser aún los sueños de alguien que creyera tener toda la vida por delante, ¿sabrías que te hablan a ti? Antes mis sueños me torturaban porque se inspiraban en lo que había quedado atrás. Tú todavía no has tenido tiempo de comprobarlo, pero cuanto vamos dejando en el pasado vibra por un salvaje complejo de pérdida y trata de vengarse erigiéndose en objetivo onírico, dejando su huella de vivencias arruinadas para que nos levantemos por la mañana desolados. ¡Quieren hacerse presentes de la manera más traidora que puedas imaginar! El pasado es vengativo, se resiste a no existir, y trata de canalizar su sed de desquite allá donde no llegamos. El sueño es propicio para él, es terreno fértil donde campa a placer.  A veces establece incluso una alianza con nuestros deseos inconscientes y nos martiriza, no solo en su territorio idóneo sino arrastrándose hasta nuestra vida cotidiana. Pero últimamente hay noches en que lo que sueño no se basa en experiencias pretéritas. Y las imágenes son nuevas y los rostros se muestran agradables y las palabras son propuestas y tu nombre se desvela entre todo ello y tu cuerpo se acerca al mío y yo me veo aún entero, ágil, deseable. No sé si este escrito te lo haré llegar. De momento es un desahogo, o una puesta en orden de unas inquietudes que jamás pensé que podrían apurarme a estas alturas. Pero ¿y si me dejo llevar por un arrebato y establezco un puente entre mis ilusiones y tú y te entrego la carta? Soy pudoroso aunque creo que podría afrontar el bochorno. No tengo mucho que perder. Uno siempre piensa que a un viejo se le permite que exprese casi todo. No solo sus quejas, sus desaires, sus apartados silenciosos, sus resistencias. También se le admiten quimeras, porque se le considera un delirante y se reciben sus ensoñaciones con afable bondad. De ahí no pasa, ciertamente. Pero yo no quiero, Ito, que me hagas sentir así. No hagas nunca caridad conmigo. Nada de un gesto, unas sonrisas, unas palmaditas graciosas. Preferiría tu desdén, no volver a verte, porque al menos sabría que me has tomado en serio. ¿Debería resignarme ante lo improbable? Tal vez estoy yendo contra aquello que muchos llaman la ley natural, algo que nunca he comprendido bien. Porque ¿qué clase de naturaleza establece límites a la necesidad del hombre? ¿Qué naturaleza puede reprimirse a sí misma? Y puede, claro que puede. Uno de sus rostros se impone al otro y le ordena que no vaya más allá. Y le habla al anciano con voz ronca y le dice que se conforme con la tranquilidad, con el pequeño bienestar y cierta capacidad de movimientos para que no se vea un inútil total. Pero ¿y si escuchara la otra voz de la naturaleza desafiando sus riesgos? ¿Y si tú fueras esa otra respuesta que detuviera mi tiempo ineluctable?





16 de febrero de 2017

En el estudio del fotógrafo Tatsuaki


(Nobuyoshi Araki)


A la joven Ito Kabane el barrio donde vivía el anciano le pareció apacible. Algunas nuevas edificaciones habían alterado para peor el perfil arquitectónico, pero sobrevivían cogollos de pequeñas viviendas que permanecían sin modificar, en un estado análogo a décadas pasadas. Si bien humildes, no se las veía abandonadas y, no obstante la sencillez de los materiales, se observaba en ellas ciertos cuidados que expresaban vida. El mantenimiento del jardín, un pequeño huerto activo, la reparación de los tejados, el adecentamiento de las fachadas. Los compromisos de Ito Kabane la habían mantenido alejada del anciano durante varias semanas. Creí que te habías olvidado ya de nuestro acuerdo, dijo sorprendido y tembloroso Tatsuaki al verla entrar en su casa. Se arrepintió al instante, por si sus palabras contenían reproche, él que no era dado a reprochar nada a nadie. La modelo se había presentado en el antiguo estudio del fotógrafo sin avisar. Me pillas con el piso descuidado, avanzó como excusa para disimular su confusión. Confusión que pretendía disimular una incontenible alegría por la súbita aparición de la mujer. 

El estudio propiamente dicho ocupaba la planta superior de la casa. Pocos cambios había realizado en él. Mantenía sus cámaras antiguas, su cuarto oscuro, un tanto desasistido, y aquellas telas que en ocasiones utilizaba para que los cuerpos de sus clientes resaltaran. Todo ello bastante obsoleto. Ito lo advirtió pero no dijo nada. Duermo en la parte baja, le dijo Tatsuaki, ya te habrás dado cuenta al pasar. El revoltijo habla por sí solo, insistió avergonzado. Antes había sido al revés, la vida privada arriba y el trabajo en la planta de calle. Mi cuerpo no está para andar subiendo y bajando ni siquiera estos cuatro peldaños. Además, y el hombre dio cierto énfasis a sus palabras, la luz que se recibe arriba ayuda a mi vista y a una suerte de alternar luces y sombras cuando tengo que realizar una fotografía especial. Prefiero la luz natural, confirmó. ¿Sabes, Ito? Nunca quise añadir nada a las imágenes de los clientes que no aportaran ellos mismos por su propia manera de ser. ¿Cree que hay dos luces entonces?, preguntó Ito al anciano. Siempre, aseveró Tatsuaki. La clave de una buena toma es cuando la luz externa, no importa si abunda o escasea, si es soleada o turbia, coincide con la que desprende un cuerpo. Ito mostró asombro. Me gusta su teoría, dijo. No, no me lo invento, se defendió el fotógrafo. Lo tengo comprobado, podría mostrarte infinidad de copias y tú misma distinguirías enseguida dónde se da esa convergencia de luces y cuáles se deben solamente al artificio. La joven le miró con ojos asombrados. Me gusta su talento, Tatsuaki, para mí su manera de proceder es todo un un desafío. Hasta ahora había estado rendida forzosamente a las luces y los fondos artificiales. Y, desde luego, a las órdenes y los caprichos de fotógrafos con dudosos escrúpulos, y pobre imaginación. Pero su método, señor Tatsuaki, es una propuesta que me cautiva, aunque no sé si sabré responder convenientemente. Sabrás, no lo dudes, dijo el anciano. Además, prácticamente lo vas a hacer todo tú. Imagina que yo apenas te digo: detente o muévete. Y que a partir de esos dos conceptos, digamos, opuestos y aparentemente irreconciliables, tú decides si quieres quedarte parada, echada o de pie o sentada recogida sobre tus rodillas, en las múltiples formas que un cuerpo puede adoptar. Y en esa decisión por detenerte un instante ha obrado mientras un movimiento, varios movimientos, aquello que denota que para llegar a una meta física antes hay que cambiar algo. Ito sintió un desasosiego placentero. Pero, ¿todo eso tiene que salir de mí?, preguntó. No voy a exigirte nada, respondió Tatsuaki, solo podría sugerir si tú misma dudas. Pero incluso dudando ya me estarás mostrando cómo eres. Imagina que solo te digo: Ito, llegas de la calle, apesadumbrada por algún problema o contenta porque has resuelto algo, y estás en tu casa, y haces lo que sueles hacer en tu casa, tocas los objetos que quieras, te sientas donde te apetece, te tumbas con la mirada perdida en el techo o das volteretas sobre el tatami. Estás sola y obras como te da la gana. Pues bien, aquí tampoco habrá nadie. Este viejo loco estará tras una sombra silenciosa, empuñará sin ruido una vieja cámara y simplemente seguirá con pasos débiles, sin molestar, el ejercicio de tu cuerpo. ¿Te ves capaz de ser así? Y mira que digo ser, no actuar. A Ito Kabane la proposición delicada del fotógrafo le pareció que celebraba, como nunca había sentido antes, el casamiento de la materia con la feminidad. Puedo intentarlo, respondió conteniendo sus emociones.






15 de octubre de 2016

Vuelta a Aomori


(Eikoh Hosoe)



¿Sigue teniendo su estudio en el mismo Shinjuku?, le pregunta Ito Kabane al anciano de vuelta a la ciudad. Sí, lo tengo, responde el fotógrafo, pero piso lo justo por él. Está en el distrito más expuesto, imagina, aunque también más entretenido para desarrollar la mirada. Durante años trabajé dentro y fuera del estudio. Pero lo que me gustaba era hacer sobre todo trabajo de campo. Los vecinos me respetaron siempre, algo que el casero que tenía entonces no hizo. Incluso se brindaban gratuitamente a dejarse fotografiar. Te sorprenderías qué clase de gente vive en una zona así. Muchos son vecinos de tránsito, los hay desalojados a la fuerza de otras partes, bastantes incluso se esconden porque son perseguidos por la ley y por bandas de pésima calaña. Naturalmente queda gente de edad avanzada que nunca ha prosperado, y las parcelas donde sobreviven son objeto de la codicia constructora. Muchos no tienen ya hijos o, si los tienen, escasamente los ven. Ito le escucha con atención y, aunque es cauta, no puede inhibirse de preguntarle directamente. ¿Cómo se ha llevado con la otra gente, la más peligrosa? Es cosa de saber estar, de permanecer receptivo y no presumir con ellos de nada, dice Tatsuaki. Pero para mí es algo natural. Les he escuchado siempre, me he interesado hasta por personajes en plena autodestrucción. Saben que su vecino fotógrafo nunca se ha enriquecido. Si me han pedido favores que tuvieran o no relación con mi oficio yo se los he hecho. Algunos jóvenes han prosperado como modelos por fotos que les hice en el momento oportuno, pero después desaparecieron de allí y se perdieron en distritos más elegantes de Shinjuku o del resto de Tokio. Es verdad que hay gente especialmente desesperada, yonquis a los que les caigo bien sin mayor motivo, prostitutas que desean que mi cámara les rescaten de su ajamiento, delincuentes que te piden que abogues a su favor cuando les detiene la policía. Los más agresivos suelen ser hombres que llevan sin trabajo algún tiempo. Nunca he preguntado demasiado, ¿sabes? Tal vez me han visto como un tipo discreto. La joven interviene. Pero seguro que las fotografías que haya hecho a esa gente les tiene que haber cautivado, ¿no? Con la maestría que tienen sus imágenes seguro que les mejoró. Tatsuaki salta enérgico. No, en absoluto, yo no mejoré nada. Les capté siempre tal como se mostraban y ellos lo asumían. Era como si al verse en sus actitudes, o en sus maneras de moverse, o en su aspecto físico, eso les permitiera reflexionar más profundamente. Lo interesante es que ellos me hablaban de sí mismos. Nunca interpretaron que yo les sacaba mal, se aceptaban como eran, si bien a veces exponían opiniones críticas sobre su estado. He visto quejas, también lágrimas, también silencios desgarradores. La mayoría se atemperaban cuando comentábamos juntos las fotografías, y acababan agradeciendo verse fijados en un papel. Cuando yo les regalaba las fotografías siempre me decían: le debo una, maestro. A mí me produjo siempre tanta vergüenza que me llamaran maestro. ¡Si eran ellos los que me estaban enseñando de la vida! ¡Si eran sus depravaciones o sus miserias o sus exasperaciones las que me hablaban del verdadero mundo, el de los individuos!

Ito Kabane observó la contenida irritación del hombre. Sus ojos lo atravesaban y lo envolvían. Si él se dio cuenta, disimuló, aunque un ligero rubor atezó su rostro. La mujer habló enérgica. Quiero que usted descubra mis depravaciones y mis desesperanzas, Tatsuaki. Quiero saber cómo es la mujer abyecta que llevo dentro, la mentirosa, la dañina. Quiero que su cámara fotográfica sea mi diván de psicoanalista, que me vea y que me haga ver. El viejo fotógrafo exhibió una sonrisa amable que mecía. No me veo analista de nadie, joven Kabane. Pero si mis ojos no me lo impiden y mi pulso para tomar las imágenes no me traicionan trataré de llegar donde me dejes. Tatsuaki se cortó. Tal vez había hablado demasiado.



9 de octubre de 2016

Visita a las bahías


(Issei Suda)


Desde el extremo más avanzado de Chinzan se pueden contemplar las bahías. La de Aomori y la de Mutsu. Le he traído a este lugar, le dice la joven al anciano, porque es un punto intermedio entre dos paisajes gratos. Como todo en la vida, dice él, si te sabes situar a tiempo entre dos territorios no solo tendrás perspectiva para decidir sino también altas posibilidades de que lo que elijas sea correcto. Pero, eso, ¿cómo se sabe? pregunta la expectante Ito Kabane. ¿Antes de ir? ¿Mientras localizas el punto y te sitúas adecuadamente? ¿O solamente es una conclusión que el desenlace te va a permitir aclarar? El anciano fotógrafo matiza. Nada hay determinado de antemano, dice convencido, ni por estar en una zona de la vida ni por el tiempo que te toca vivir. Lo que parece seguro hoy puede que mañana esté revuelto. El tiempo que crees disponer se te puede escapar de las manos de modo inesperado. Buscamos lo equidistante para decidir una elección pero a veces ésta se improvisa. Y un minuto puede ser más resolutivo que todas las horas que te hayas tomado pensando en afrontar un problema. Aquí sí que estamos bien situados, dice la modelo. Son dos bahías del mismo mar y si se cierran los ojos y se abren de golpe se tiene la impresión de que solo hay una. ¿Es una trampa del ojo o una figuración del deseo de recrear la belleza, que todo lo unifica de modo caprichoso, maestro? El fotógrafo miope la mira con atención. ¿Cómo eres capaz de ver lo exterior con esa agudeza?, le dan ganas de contestar a la mujer. Responde tu misma, le dice. Cuando uno se hace una pregunta ya lleva incorporada la respuesta. Sucede parecido con la mirada. Las respuestas del paisaje están ahí, como lo están los cuerpos, los movimientos, los comportamientos de las personas que suscitan emociones contrapuestas. Pero, ¿lo captamos todo tal cual es? ¿O la mente, que utiliza el vehículo de la mirada, lo altera y apenas interpretamos con parcialidad lo que existe por todas partes? Hay engaño, por supuesto, pues tendemos al artificio y lo sublimamos para tratar de que las cosas sean de nuestro gusto. ¿No es eso traicionar el honesto ejercicio de capturar una imagen en el empeño por conocer su entraña?, dice Ito. La imagen siempre es imagen, contesta el fotógrafo. Algo fluctuante, ni totalmente auténtica ni en absoluto falsa. Es, sobre todo, percepción. Diría que percepción intencionada. Pero un fotógrafo que quiera ver, y no solo dejarse seducir por la imagen, debe luchar contra el ridículo sentido de propiedad sobre lo real que embauca a todos. ¿Sabe, señor Tatsuaki?, dice la mujer con desenfado. Creo que le he traído hasta este mirador para contemplar las ideas de nuestro propio mundo interior. Es como si al aprender de usted mi visión se complementara. Tatsuaki estuvo a punto de soltar una carcajada. No, mi joven modelo, nuestro mundo personal no existe ahora. No tendría sentido llegar hasta esta parte del país, que yo no conocía, y no dejarse absorber por ese horizonte que se disuelve ante nuestros ojos con su belleza insólita. 

La joven Ito Kabane se apoyó en el hombro del anciano. Ambos pusieron sobre las cejas la palma de una mano extendida, a modo de visera. Ojo avizor a la luz que secuestraba al océano y que difuminaba las costas.


  

1 de octubre de 2016

El fotógrafo propone


(Nobuyoshi Araki)



¿Posarías para mí como si fuera mi último trabajo?, preguntó el hombre con extrema y ruborosa lentitud. Del té ascendía una cortina humeante versátil, placentera, que envolvía los gestos y las palabras. En la ascensión de aquel aroma el rostro de ambos se dividía diametral. Un perfil del anciano se separaba para ir a encontrarse con el otro lado de la cara de la joven, que se había a su vez segmentado. Era una visión extraña que solamente para quien ha adquirido mucha experiencia contemplando con detalle los objetos no pasa inadvertido. El anciano lo había experimentado otras veces y se lo hizo saber a Ito Kabane. Si observas, le dijo, entre el humo se acaba de configurar un nuevo rostro. No nos pertenece del todo a ninguno de los dos, pero a su vez es una nueva imagen efímera tuya y mía. La tez pálida de la mujer se encendió pero el comentario resultó hipnótico. Su silencio no estuvo exento de un grado misterioso de concentración. Es verdad, a través de este humear veo un rostro que no es ni joven ni viejo, ni masculino ni femenino, ni hermoso ni feo, ni alegre ni triste, ni preocupado ni indolente. Es como si los principios duales de la vida adquirieran otra dimensión, ratificó la joven con voz tenue. Hay más, intervino él. Si nos miramos fuera de este vapor también advertiremos otra mitad de la cara en cada uno de nosotros. No debes asustarte. Es el lado impasible, inseguro pero defensivo que lucha desde nuestras facciones para proteger las emociones y los sentimientos que las azuzan. Pero yo creo que es un lado falso, un lado que se resiste a manifestar la vida que cada cual lleva dentro de sí. Una parte que trata de resignar al que se encuentra viejo, apurando sus posibilidades, y que vuelve indeciso a quien se considera joven, limitando sus osadías. Naturalmente, debes captarlo en su fugacidad, con el espacio que existe más allá del fondo de la retina, y que sortea los recuerdos y frena las vagas asociaciones de ideas. Ito Kabane cerró los párpados en un intento de sujetar una visión prácticamente inaprensible. Ni confirmó ni negó el comentario del hombre. ¿Quiere de verdad fotografiarme, Tatsuaki?, le preguntó con cierto azoramiento. Mire que tendrá que escoger qué lado visible u oculto de mí misma debe descubrir. Me gustaría mucho registrar la imagen que otros fotógrafos no habrán captado, incluso aquella que tú no hayas visto jamás por mucho que te mires en los espejos y te recrees con las páginas de las publicaciones donde ha aparecido tu cuerpo, le contestó con firmeza el fotógrafo senil. Si poso para usted, Tatsuaki, dijo la modelo entrando en un bucle de amor propio, no es para mostrarme en la alteridad aparente con que me he exhibido en otras ocasiones. Si poso para usted, debe comprometerse a revelar la naturalidad que algún día perdí. Con usted no quiero ser una modelo más. Asegúrese de que aguzará su mirada, maestro. ¿Cómo?, dijo el anciano con tono templado. ¿Aún no te habías dado cuenta de que ya lo vengo haciendo desde que nos conocimos en el tren?





22 de septiembre de 2016

El cazador cazado


(Daido Moriyama)



¿Por qué me ha contado esa historia?, dijo la joven viajera cuando el tren se acercaba ya a destino. Es una historia de salvajismo muy antigua, ¿no? El fotógrafo jubilado Tatsuaki sonrió con benevolencia. Es una historia antigua y es una historia que se repite una y otra vez, sin duda, le respondió. ¿Cree que el instinto depredador está presente en nuestros días?, insistió con disimulada ingenuidad la chica. ¿A ti qué te parece?, dijo él, con el amargo aplomo de quien sabe que ha visto y padecido de todo. El instinto de cazador o del que defiende territorio no solo es algo personal, que fluye por las venas de cada individuo de este mundo. Es también un comportamiento colectivo que suele traer grandes desgracias, como bien supimos en nuestro país en tiempos no muy lejanos. ¿Quiere decir que usted mismo sintió cierta ferocidad dentro de sí?, arriesgó con osadía la joven. No solo la sentí sino que me presté al ensañamiento, como millones de compatriotas. Pero aun  cuando no se llegue todos los días a ese extremo, es innegable que el humano vive para el territorio y la caza cada día de su vida. O, dicho de otra forma, su vida es la búsqueda de las satisfacciones y el aseguramiento de sus posibilidades. A veces con dureza y con elevado coste. Cierto que las formas han cambiado. La apariencia de seguridad oculta el latente instinto. El acceso a los bienes simula nuestras debilidades. El despliegue de medios y mercancías, como nunca había conocido antes la humanidad, casi hace creer que hemos alcanzado un paraíso. Pero el hombre sigue siendo, en esencia, un primitivo que tiene que ganarse el pan de cada día. Y esto que te digo sirve tanto para hacer frente a sus necesidades de disponer de una forma física de vida como para las interiores de su espíritu, las que rigen las emociones y los afectos. Somos competitivos hasta la médula, se explayó Shintaro Tatsuaki. ¿Usted ha tenido que luchar mucho, verdad, señor Tatsuaki?, preguntó con una mirada incisiva la joven. ¿Acaso tú sabes lo que es luchar?, respondió con cierta ira el fotógrafo. El tono empleado por el anciano era áspero pero no desprovisto de comprensión y, sobre todo, de ternura. He tenido que pelear para salir adelante con mi familia en aquel distrito abandonado en que crecí, he tenido que arriesgar cuando nos llevaron al matadero, y luego tuve que reiniciar la vida como muchos otros adaptándome a trabajos sin fin. Me consuelo al pensar que sin todos los avatares, de los que no salí malparado del todo, no hubiera logrado aferrarme al mundo de la fotografía. El silencio de la chica inquietó al anciano. Temió que ella se sintiera dolorida y que no quisiera continuar hablando. Se avergonzó de sí mismo, pues no se consideraba hombre de reproches. ¿Sabe lo que me gusta de usted, señor?, preguntó ella con un tono relajado. Que no da la impresión de que la vida le haya vencido. ¿Acaso la fotografía le rescató de todas sus etapas de atrocidades?

El Shinkansen entraba ya en Aomori cuando los dos compañeros de viaje se levantaron para despedirse. Me llamo Ito Kabane, dijo la mujer. Tal vez podríamos tomar té un día de estos. ¿Ito Kabane como la modelo?, dijo el hombre. Soy la modelo, precisó la joven Ito, y, ¿sabe?, me alegro que un observador como usted no me haya reconocido. De esta forma usted me ha visto como la que soy, no como la que aparento en las fotografías. Tatsuaki enmudeció, algo avergonzado por no haber sido capaz de distinguir, él, que tanto había presumido siempre de su ojo largo. Disculpa, le dijo. Mi capacidad de visión no es lo que fue. En realidad se escudó en la visión inmediata, marginando la capacidad de retentiva que había tenido en el pasado. Le prefiero así, dijo con audacia la mujer. De esta manera ha sabido verme con más profundidad de campo, ¿se dice así?, que todos los demás fotógrafos que solo buscan en mí el cuerpo y la pose. Tatsuaki se emocionó pero no lo dejó entrever. Me alojaré en el Sukayu, dijo escondiendo su mirada triste de miope a la mirada escrutadora y honda de la chica.




9 de julio de 2016

Cazadores


(Jacob Aue Sobol)



Dos humanos se encuentran en la noche de los tiempos frente a frente. Cada uno con su caracterización, cada cual con su ferocidad. La primera sirve para potenciar a la otra si acaso no es suficiente el despliegue de su naturaleza. 

Desde las máscaras, también desde sus sonidos profundos y secos, se miran y se escrutan. Los colores pronuncian la fiereza de la musculatura del rostro. El momento es tenso, difícil de controlar. Están al borde de una presa cercada. No se sabe quién logrará abatirla, o si va a salir indemne de la situación por sí misma. El afán de los dos hombres por conseguirla se justifica en la necesidad de supervivencia. Pero la pieza se ve impulsada por sus propias leyes biológicas y se lo va a poner difícil. No lo tiene imposible. Por instinto sabe que los dos hombres no están de acuerdo, que van a competir entre sí. Ahí, el animal acorralado, jugará una baza despierta. Confiará en el instante oportuno y en su agilidad. 

A los hombres no solo les incentiva la posesión inmediata como tal de la presa, sino también quién de los dos va a llevarse el trofeo y con él la fama. Esto último les estimula tanto o más que la caza, pues el que logre el objetivo será reconocido al volver a casa. Ser reconocido no es un mero ejercicio de gratitud por parte de la tribu. En ella será más influyente. Los hombres se tantean en la distancia. El triángulo con la fiera es desigual. El cálculo de posibilidades no garantiza un triunfador claro. ¿Son más potentes las armas humanas que las defensas del animal acorralado? ¿Se impondrá la táctica pensada de los hijos del clan a la reacción instintiva, pero bien dotada, de la presa? 

El triángulo se torna circular, nunca la geometría fue tan móvil y cambiante como en su aplicación efectiva. El impulso humano es dual. Cada individuo no se las ve solo con una presa sino con dos. A una hay que domeñarla hasta el exterminio para alimentarse y proveerse con sus derivados. A la otra, competidora neta, hay que doblegarla. Hacer que hunda sus rodillas en el fracaso tal vez acarree también la muerte. Y siempre el desaire de los suyos. Algunos de los propios ya han pasado antes por ello y en lugar de ignorar al cazador cuando pierde partida y vida prefieren convertir a su hermano en una víctima del esfuerzo y el interés por el clan. La palabra héroe no se ha inventado, pero la leve idea flota en el ambiente. Es más práctico para la corriente tribal disponer de muertos exaltados que despreciados. 

¿Cuánto durará el acecho a tres bandas? No parece que exista el tiempo, pero éste ha sido un elemento decisivo desde el principio de las vidas. Puede llegar una tormenta, o simplemente la noche. Pueden aproximarse nuevos competidores o tal vez otros animales que hagan causa común con el que se apartó de la manada. Tomar una decisión sitúa a hombres y animal en el mismo plano, incierto, inseguro. Todo va a depender de un reflejo. Los hombres tienen claros sus pertrechos, aunque desconocen quién es más capaz para utilizarlos. La bestia, recluida en su propia constitución, resistente y no menos poderosa, sigue confiando en la división de los cazadores. El cerco se prolonga. Los hombres empiezan a cansarse del tanteo agotador. La duda prende en sus cada vez más aparentes muestras de ensañamiento. ¿Es real la violencia que pregonan entre ellos o empieza a ser un baile ritual del que nunca contarán la verdad cuando retornen perdedores? 

El animal se crece a medida que los aguerridos humanos suavizan sus muestras de agitación. Quiere abrir un hueco por donde escapar. El instinto le dice que puede ir contra uno de los cazadores, pero no le aclara si el otro va a a provechar la ocasión y acabar con él. Sin bajar las armas, los hombres profundizan sus miradas, realizan gestos diferentes con sus manos. Ofreciéndose. Un tú a tú de propuestas veladas. Tras sus mejillas pintarrajeadas, se lanzan a un entendimiento emitido y captado a la vez. Es como si ambos dijeran: primero la pieza, la posibilidad es única. Es como si dialogaran: el animal es grande, nos lo podemos repartir. No quieren rebajar el tono de sus maniobras. Mantienen su exageración agresiva, que el animal no perciba un cambio de actitud. De pronto, los dos hombres colaboran y el acuerdo rompe el ritmo refrenado que hasta ese momento tenía la caza. La presa se desplaza hacia atrás, los hombres se le aproximan. Por un instante se produce un equilibrio perfecto en que no se distinguen los géneros. ¿Prevalece el instinto o la inteligencia? Con sus bufidos el animal hace retroceder a los cazadores. Con la exhibición de sus armas los cazadores condicionan a la bestia. Gritos hoscos y golpes secos con los pies de unos se mezclan con el desasosiego furibundo del cuerpo de la fiera. Ella está a punto de jugarse el todo a una carta y saltar sobre sus contendientes. Ellos se debaten entre la claridad del objetivo y la obnubilación que les causa su sangre ardorosa.

En ese momento el tiempo se para.


29 de junio de 2016

En el Shinkansen


(Daido Moriyama)




¿Le interesa de manera especial la fotografía, señorita?, preguntó el célebre fotógrafo anciano Shintaro Tatsuaki, arriesgando, a la joven que se había sentado enfrente. La mesa del vagón comedor del Shinkansen a Aomori era amplia y los asientos cómodos. ¿Lo dice porque contemplo atenta el paisaje?, respondió cortés ella. Shintaro Tatsuaki ya no era el hombre comunicador que había sido en años anteriores. Mucho menos el seductor que se descubrió a través del trabajo de fotógrafo profesional, que algunos llaman artístico. El cansancio había mellado su resistencia, aunque subsistía en él un talante receptivo que suscitaba confianza. Le intrigó la manera de mirar de la joven. Observa mucho, le respondió, y tengo la sensación de que sabe hacerlo. No es una mirada superficial la suya. Lo registra todo, pone el ojo y elige. La joven se lo agradeció con una sonrisa pudorosa. Oh, ya no es igual que antes. La velocidad del tren ha modificado mi mirada sobre el paisaje. En cierto modo, precisó, podría decir que miro más a la cercanía de los individuos. Y, no crea, en contra de lo que parece los rostros de las personas son mucho más difíciles de profundizar que los paisajes. Descubrir, y no digo admirar, lo que hay tras ellos es un desafío que me convierte en una voyeur sumamente indiscreta. Shintaro se sintió de pronto iluminado. Alguien que habla con sinceridad sobre la importancia del saber mirar, pensó, debe merecer la pena. Aunque yo casi esté al borde del retiro, una persona así debería ser mi discípula, se tentó.

La idea repentina de dar nueva vida a su trabajo de años, apoyándose en otro individuo, le pareció que tenía mucho de relación entre ciego y lazarillo. Agradeció que la joven fuera tan abierta. Se lo hizo saber. La actitud conversacional se ha perdido hoy día entre los que pueblan las megalópolis, comentó. Son muchos pero están muy lejos unos de otros. Ya ve que no todos, dijo ella. Nosotros somos la excepción. Shintaro necesitó confiarse a la mujer. He dedicado mi vida a mirar y a reflejar lo mirado. Trabajo ya poco, ciertamente, pero he fotografiado lo que es obvio y me ha interesado menos y también lo que se oculta tras la apariencia física de las personas o de sus conductas. Lo mismo puedo decir de un paisaje rural, de una ciudad industrializada, o del mar. Ella se asombró. Pero el mar es monótono, intervino. No crea, revela más de lo que cree sobre la esencia de la naturaleza, replicó Shintaro. ¿Más que un individuo? Más, mucho más. El mar no se deja adulterar como los hombres por los temores, las vanidades, los compromisos o la ansiedad. Aunque debo reconocer que cuando atraviesas a una persona descubres en ella algo de mar. El anciano fotógrafo sintió que su imagen quedaba imantada en las pupilas de la mujer. Por unos instantes, ni uno ni otro hablaron. Se escrutaron con suavidad, de ojos turbios a ojos expectantes. La joven disolvió aquella partícula de fascinación mutua. Por lo tanto, habrá fotografiado muchos mares, conocerá sus calmas y sus turbulencias. Habrá visto galernas devorando hombres y el dúctil oleaje abandonando generosamente en las playas a los supervivientes. Dígame, también habrá fotografiado a innumerables mujeres, ¿verdad? 

Shintaro Tatsuaki sintió que crepitaba su propia mirada. Dudó. Luego habló con dulzura. Joven, ¿me está pidiendo que le devuelva mi agotada mirada sobre usted misma? No hubo un silencio acerado, pues la pleamar que proponía la mujer era acogedora. Pruebe, le respondió ella con audacia, mientras desenvolvía con parsimonia su bentö, ese preparado de comida que dan en los Shinkansen y que parece un juguete.





11 de junio de 2016

El guionista


(Robert Capa)




No te engañes, aseveró displicente mi amigo Jan Bierce, el guionista, mientras desayunábamos. Escribimos sobre el amor los que no amamos. ¿Cabe algo más inapropiado? Eso os permite mantener la distancia, ser más objetivos y valorar con fiabilidad algunos ángulos de visión que no podrían tener los escritores enamorados, comenté yo puntualizando un pensamiento que ambos compartíamos. Sí, pero, por otro lado, corremos el riesgo de salirnos de la realidad, exagerando con la crudeza de un realismo exacerbado, matizó Jan. Podemos estar imponiendo diálogos a unos personajes que acaso reflejan más nuestras desconfianzas y frustraciones que lo que vive la mayor parte de la gente. Y ya sabes que en nuestro oficio nos debemos a la aceptación por parte del espectador.

Cada vez que Jan se pone en marcha para elaborar un guión comparte ideas conmigo y no podemos evitar que iniciemos un nuevo debate sobre el mundo. Para mi amigo no se trata solamente de escribir de corrido un mamotreto que luego van a pulir otros antes de dar el visto bueno. Necesita durante el proceso mantener viva una suerte de tertulia llena de ideas, de confrontación serena sobre lo luminoso y también de controversia apasionada acerca de lo oscuro que habita en el espíritu humano. Suele decir que el tema de la guerra, por ejemplo, siempre resulta más sencillo de tratar. Es como si por su propia definición no hubiera demasiadas salidas inverosímiles y se acertara a describir de plano el horror o la barbarie de unos hombres contra otros. Todo está abocado a la destrucción, de cuerpos y de emociones, eso marca lo que se vive en la guerra, dice un Jan vehemente.

Yo pienso que la violencia también habla de manera diversa y significativa sobre el hombre. Incluso ese tipo de violencia en que parece que la sociedad, los Estados, las creencias y cada individuo son un solo engendro que ha enloquecido. Y que, a pesar de lo perverso que es invadir territorios y aniquilar seres, los hombres, en el fragor de la vorágine, crean márgenes en los que el escepticismo anida, el hastío hace mella, la discrepancia asoma el hocico y la fragilidad de cada hombre puede saltar con brusquedad. Pero a Jan no le gusta ceder con facilidad. Aun teniendo un pasado diferente, insiste, los hombres que participan en una guerra se ven abocados de manera circunstancial o prolongada a un oficio tenebroso que los anula. En la misma línea, la población civil que sufre las consecuencias también hace frente a una alteración, que puede llegar al exilio forzado, aunque se aferre con todas sus fuerzas a recordar con añoranza la normalidad que les precedió. Una forma de vida de costumbres pacíficas en la que, si bien había diferencias y enfrentamientos, todo se resolvía cediendo pacíficamente. Pero la guerra es otra cosa, reprime sentimientos, encierra nostalgias, provoca odios que antes no se habían sentido. Y, lo que es sumamente trágico, hace que la gente se sienta perdida, hasta el extremo de delegar el diálogo y el buen hacer cotidianos en esas figuras falsamente literarias del combate y de la siempre abominable aunque deseada victoria. Terrible aspiración ésta que muchos verán abortada por el infortunio.

Recordar los tiempos felices, suelo decir a Jan, aunque vayan quedando alejados, siempre remite a alguna incierta clase de esperanza para la gente que sufre. ¿Qué harían los masacrados civiles si perdieran el vínculo con el pasado? ¿Cómo alimentarían ilusiones de supervivencia los inquietos e ilusos combatientes si no hablaran entre ellos de la vida tranquila que habían conocido anteriormente? ¿Qué futuro, si llega a haberlo, podría perseguirse de no triunfar a su vez un hondo sentido de la añoranza y de lo que fue posible vivir sin terror? Un guión bélico, le digo, proporciona mayor facilidad de tratamiento si se ignoran todas estas cosas y se reduce todo al enfrentamiento descarnado y a idealizar los mitos épicos. Pero la complejidad de los individuos, aun soterrada, está ahí, aflora y eso lo debes tener en cuenta a la hora de escribir un guión que merezca la pena.

Jan Bierce, amigo de toda la vida, amante con altibajos y lagunas, se queda callado cuando el debate llega a ciertos extremos. En ese momento puede levantarse y salir o revolverse buscando nuevos argumentos. Sigo pensando que los guiones que describen historias de amor son más enrevesados, opina Jan. Nunca hay una perspectiva única. Encontrar el punto equilibrado al narrar situaciones de afinamiento o de rechazo entre dos humanos que se acercan y se soportan voluntariamente, nada que ver con el forzoso comportamiento en una guerra, resulta complicado.  En las historias de amor la voluntariedad de los individuos es decisiva. ¿Cómo no reflejar los movimientos repentinos de afecto o de desaire que se dan entre dos seres? ¿Cómo no describir sin demasiadas concesiones a la sensiblería aquellas afecciones producidas  a causa de una entrega o de un abandono? Por no hablar del roce y el desgaste cotidiano a que una pareja se somete tras haberse elegido libremente. A los humanos les califica más los roces que la armonía. Oye, Jan, le digo un tanto agotada por la discusión,  ¿acaso olvidas que también hay mucho de anulación de personalidad entre los amantes? ¿Que uno se impone al otro? ¿Que alguien de ellos, o los dos, se sacrifican en el altar de las obligaciones y los desencantos?

La mirada que Jan Bierce me echa es como una mano férrea que me tapara la boca. Pero sé que, de un momento a otro, sus ojos de felino salvaje se van a tornar de oveja entregada. Hoy, no, me apresuro a decirle con cierta acritud, levantándome del sofá.






29 de mayo de 2016

El mal



(Jorge Molder)


No he dormido nada en toda la noche. El diagnóstico se hendía en mi mente como un puñal curvo. Las palabras pronunciadas ayer por el médico han hecho más oscuro cada minuto: no digo que no tenga solución lo suyo, pero no quiero tampoco que se engañe. Engañarme. A estas alturas de mi vida, acuciada por un número sucesivo e inagotable de falacias y celadas, pretenden aconsejarme la verdad. Mi propio mal puede ser la verdad. La única que tendré que asumir y ante la que me doblegaré como una pieza de caza abatida a medida que mis entrañas se desgarren. Crees que nunca va a llegar, que los secretos de la parte turbia de tu cuerpo no van a ser jamás revelados. Lo oías sobre otros y a ti te parecía estar a salvo.

Si algo tiene de cruel la noche insomne es que confunde y provoca. Acelera los latidos de la obsesión y del desconcierto. Activa el sentimiento ridículo de una culpabilidad que creías superada. Entonces piensas con una afectación malsana: yo he provocado mi propio mal. Te pones a revisar cada paso en falso, cada episodio de riesgo, cada práctica nociva de la que no se te hubiera ocurrido pensar que iba a dejar huella en ti. Aquellas correrías abusivas, tantos excesos que no te dejaban descansar lo suficiente, las demasiadas aventuras en que te ibas maltratando sin aceptarlo. La noche trae hasta ti a los personajes depravados de la vida, con los que te dejaste llevar sin límite. También se manifiestan los angelicales. Presencias inocentes, seres severos pero bondadosos, amigos altruistas, amores que, incautos, confiaron en tu entrega. Aparecen en la vigilia atormentada para ponerte en vergüenza y echarte en cara no haber corregido tu rumbo a tiempo.

La tabla de salvación que pretendiste llegó tarde. Ya estabas demasiado tocado para intentar la nueva vida de orden que aparentaste a los ojos de los demás. Es lo que tiene el mal, que te pone a repasar tu existencia, buscando claves del pasado. Pero tú estás aturdido, no te aceptas. Es lo que tiene la noche, que se alía con el mal y lo potencia. Los pensamientos se manifiestan como fogonazos y la cordura es vencida por una sensación de angustia que no sabes reconducir. Que no me engañe, pero que confíe en la ciencia, me recomiendan. De este modo se ha cerrado el discurso en boca del médico. Y me consuelo: al menos sus palabras deben servir para que tenga claro de modo definitivo que he traspasado un límite que probablemente hacía mucho tiempo que había transgredido. Me enojo hasta tal punto que mi habitante paralelo me llena de reproches. También de miedo. Siempre tememos afrontar nuestros fracasos, y el mal es uno de ellos. Acaso el más traidoramente justiciero. El que te sentencia. ¿Sirve de algo ahondar ahora en las vivencias que quedaron atrás? ¿Se salva uno por diseccionar las conductas que desviaron? ¿Es útil pedir perdón al individuo que pudo ser de otra manera y devino en la que te hace ahora padecer? Cualquier simulación mental sobre lo que podría haber hecho bien y no hice hará más profunda la herida del desasosiego.

Cuando amanece la habitación huele acremente. Percibes la pesadez de tus párpados. ¿Será el mal? Miras tu cuerpo, sudado pero sin marcas de eso que dicen que tienes. Tratas de recordar la consulta sanitaria del día anterior, pero las imágenes se muestran borrosas. Olfateas las sábanas, te reconoces en ellas, no te ves otro. Alguien te dijo una vez que la enfermedad es el otro. Tú le respondiste: no sé ser yo si no soy el otro. Mueves los brazos, extiendes las piernas, pasas la mano por tu piel en un ejercicio de reconocimiento. La capacidad de tacto que posees se desarrolló desde la infancia como un lenguaje clarividente. Una herramienta provechosa de conocimiento y, cómo no, de placer. Expulsas el aliento de modo compulsivo y la bocanada revierte como un bumerán del que te sabes propietario. No sientes la necesidad de abrir las ventanas para airear el ambiente. No deseas moverte con el fin de evitar que lo que aún permanece indemne se altere dentro de ti. No quieres que la parte más umbilical de tu pasado antiguo escape de tu cuerpo, donde dicen que se agazapa un mal del que no estás seguro si te lo han descubierto o si solo ha sido el dibujo caprichoso de una pesadilla premonitoria.




   



16 de mayo de 2016

Compartición





Amo el maniquí. Su presencia respeta mis días y acoge mis noches. La claridad que emana de él es imperturbable. Incluso en medio de la oscuridad, cuando apago la luz, permanece fiel. Siempre lo he tenido como guardián de mis desventuras y cómplice de mis placeres. Cuando me he sentido vacío he contemplado su serenidad y me ha llegado una voz recóndita alentándome. Si la euforia me embarga percibo que él también se alegra. Los días no pasan por sus facciones hermosas ni alteran el porte estilizado de su figura. Pero últimamente tengo la sensación de que me acecha. ¿No estará conforme con el papel contemplativo y trata de romper su propio molde? Me envía mensajes equívocos. Al despertarme en la negrura de la habitación su rostro destaca con una albura perfecta. Me concentro en leer y hace girar de modo imperceptible y pausado su cuerpo de maniquí como si quisiera seguir mi lectura. Si hablo por teléfono se dobla tratando de captar la conversación. Al estirar mis brazos para relajarme da la impresión de que aquellas manos de dedos exquisitamente cuidados se extienden a su vez para rozar las mías. Y esta conducta paralela de un ser inerme genera una dependencia casi marital con él.

Mi amiga oriental ha venido unos días a visitarme. Sabe cuánto me gusta coleccionar objetos que se tiran y cómo los doto de nuevos significados. Dice que todo lo que se ampara de cuanto otros desechan es como si se estrenara. Al no dejar a la intemperie o para el basurero este maniquí, dice con sorna, es como si hicieras caridad. Aunque creo que lo tienes demasiado mimado. Y además puesto que todas las noches las pasas con él, seguro que sabe de ti más que yo misma, dice incisiva mirando de reojo a la figura inmóvil. Le sacaré de la habitación mientras pasas conmigo estos días, le he respondido con apuro a mi amiga. No, se ha apresurado a responder tajante, ni se te ocurra. Será como otro amante, un amante pasivo. Que mire, que se estremezca, que pase envidia, que disfrute como un voyeur en la penumbra.

Me da miedo mi amiga cuando habla de este modo, sin caer en la cuenta de que la enigmática efigie se entera de todo. El maniquí es una decoración, le digo, entre tú y yo sobra, de la misma manera que son secundarios los demás objetos de la casa. Pero mi amiga insiste en jugar conmigo. ¿Qué temes? ¿Que tengas que elegir entre ella o yo? En mi país no concedemos tanta importancia a las imágenes, no nos importa que nos observen, que nos vean comer, reñir, emocionarnos, hacer el amor. Las llevamos tan incorporadas que no hay distancia. La distancia siempre separa y nos hace extraños. Nuestras imágenes se alimentan cuando nosotros comemos, ríen cuando reímos, trabajan cuando nos sumergimos en nuestros oficios, se excitan cuando retozamos, repiten los mantras cuando nosotros los recitamos. Mi amiga habla con un tono firme, casi convincente. Ganas me dan de recordarle que yo no soy un oriental y que estoy acostumbrado a los distanciamientos, aunque no repudie la proximidad. Pero callo. Hay algo en la propuesta de mi amiga que me invita a dejarme llevar.    

Tu madurez te hace tan hermosa, digo a mi amiga mirando el eje de sus ojos curvados. La música es tenue, ni antigua ni moderna. El sake que hemos bebido con la cena es tan lábil como afilado cuando recorre nuestras venas. La mujer, ungida por el mismo ardor, sabe que ha llegado el momento de dejarnos fluir el uno en el otro. Ella desea exigirme y a su vez exigirse. No estés tenso, me recomienda con dulzura. Mires o no mires al maniquí su presencia es inevitable entre nosotros dos. No podrás evitarlo. La conducta cariñosa de mi amiga desplaza mi incomodidad. Ya verás, me dice al oído, cómo no distinguirás si soy yo la que atravieso tu cuerpo o él quien se te ofrece. Me sorprendo de que mi extrañeza se diluya. No es el sake, no es el calor de la cena, no es la manera de rodearme mi amiga con su cuerpo, no es su voz que se apoca lentamente para convertirse en una especie de arrebato en que la musicalidad la ponen nuestros sentidos. Ambos flotamos sabiendo que, de alguna manera, somos tres. 

Cuando he despertado el sol arañaba las hojas de la persiana. No he roto el silencio pronunciando nombre alguno. Ni mi amiga oriental ni el maniquí habitaban ya la tibia soledad de mi cuarto.